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Crónicas al Voleo

Antonio Conselheiro y la guerra del fin del mundo

Crónicas al voleo y la historia de Antônio Conselheiro
Por Germán Tinti

Nos dicen Brasil y automáticamente pensamos en fútbol, playa, bossa nova, caipirinha y carnaval. Solamente después vendrán las imágenes de Lula, Bolsonaro, comercio exterior y alianzas estratégicas. Pero es difícil que nuestra imagen de Brasil, con la exuberancia del Amazonas tan a mano, sea un desierto. Sin embargo, buena parte del territorio del hermano país es “sertão”, palabra proveniente de “desertão”, que en castellano sería “desiertazo” y en cordobés “desiertononón”.

Un tal Antônio Vicente Mendes Maciel

En ese desolado  paisaje, propio del nordeste de “o país tropical” y que incluye los estados de Sergipe, Alagoas, Bahia, Pernambuco, Paraíba, Rio Grande do Norte, Ceará y Piau, nació, vivió y murió Antônio Vicente Mendes Maciel.

Descendiente de una familia de campesinos, criado en la pobreza, fue educado para que siguiera la carrera sacerdotal, única manera de ascenso social que existía entonces en ese lugar. Sin embargo la prematura muerte de su padre dio por tierra sus proyectos clericales y debió asumir el mantenimiento de su familia a través de un pequeño comercio.

En aquella época comienza a desarrollar un misticismo que lo llevó a mixturar conceptos católicos con visiones y profecías mesiánicas de su propio cuño.

Isabel, golpe y después…

Estamos transitando los últimos años del siglo XIX y Brasil está en estado de convulsión permanente. El Emperador Pedro II era un anciano y no tenía hijos varones. Quien gobernaba de facto era su hija mayor, Isabel I de Braganza. Si bien don Pedro era querido por la mayoría de los brasileños, no pasaba lo mismo con su hija.

Su tendencia conservadora provocaba el rechazo de los republicanos, su matrimonio con un aristócrata francés (que sería el que corte el bacalao a la muerte de Pedro) generaba el repudio de los nacionalistas, su simpatía hacia el comercio con Gran Bretaña asustaba a comerciantes y productores locales, su decisión de abolir al esclavitud a través de la “Ley Aurea” molestó profundamente a los latifundistas.

Parecía no pegar una la pobre Isabelita. Todo esto derivó en un golpe que acabó con la monarquía en 1899 e instituyó una república federativa al estilo de los Estados Unidos. Los problemas económicos, la separación de la iglesia y el estado y la ampliación del derecho a voto le generaron al nuevo gobierno diversas revueltas violentas e inclusive una sangrienta guerra civil.

Los juegos del hambre

“Cuando  la  sequía  de  1877,  en  los  meses  de  hambruna  y  epidemias  que  mataron  a  la  mitad  de  hombres  y  animales  de  la  región,  el  Consejero  ya  no  peregrinaba  solo  sino  acompañado, o mejor dicho seguido (él parecía apenas darse cuenta de la estela humana que prolongaba sus huellas) por hombres y mujeres que, algunos tocados en el alma por sus  consejos,  otros  por  curiosidad  o  simple  inercia,  abandonaban  lo  que  tenían  para  ir  tras él.” (*)

Para entonces, Antônio Vicente Mendes Maciel había sido abandonado por su esposa, había cerrado el negocio y se dedicaba a predicar de poblado en poblado por todo el sertão. Ya era conocido como Antonio Conselheiro por miles de habitantes de la región y había congregado a una respetable legión de seguidores que se trasladaba junto al predicador por los polvorientos caminos del árido nordeste. Su discurso era mesiánico e insistía en que el fin del mundo ocurriría en cualquier momento, el laicismo del gobierno era prueba de ello para Conselheiro. “O Anti-Christo nasceu para o Brasil gobernar, mas ahi está o Conselheiro para delle nos librar” (el anticristo nació para gobernar el Brasil, pero allí está el Consejero para liberarnos) era el rezo que murmuraban como un mantra sus seguidores.

Los peregrinos de Conselheiro

Esta multitud trashumante comenzó a poner nerviosas a las autoridades, fundamentalmente a las del estado de Bahía, que comenzaron a ver a este personaje y sus fieles como una hipótesis de conflicto. Conselheiro creía que había sido enviado por Dios para terminar con las diferencias sociales. Y también con los pecados republicanos como el registro civil de nacimientos y matrimonios.

Por lo demás, jagunços y canganceiros, mano de obra armada de terratenientes y patrones políticos nordestinos, comenzaron a citarlo a la hora de cometer tropelías, robos y violaciones. La mala fama de Conselheiro aumentaba entre los extraños de la misma manera que su imagen de santidad crecía entre los propios.

“A veces lloraba y en el llanto el fuego negro de sus ojos recrudecía con destellos terribles. Inmediatamente se ponía a rezar. Pero no como rezan los demás hombres o las mujeres: él se tendía de bruces en la tierra o las piedras o las lozas desportilladas, frente a donde estaba o había estado o debería estar el altar, y allí oraba, a veces en silencio, a veces en voz alta, una, dos horas, observado con respeto y admiración por los vecinos.” (*)

Después de deambular por las provincias de Ceará, Pernambuco, Sergipe y Bahía, en 1893 se establece con sus miles de seguidores en la granja de Canudos, ubicada cerca de la ciudad de Monte Santo (Bahía), en la ribera del Vaza-Barris. En pocos meses lo población alcanzaría cerca de 10 mil habitantes.

Masacre en Canudos

Los primeros en dar la alarma fueron los vecinos de Juazeiro, que tuvieron problemas comerciales con los «conselhistas». A partir de entonces comenzó a desatarse una creciente  histeria colectiva, que no se detuvo con la visita a Canudos de dos frailes capuchinos. Es más, uno de los sacerdotes acusó falsamente a Antonio Conselheiro de querer liderar un levantamiento monárquico, idea que también era alentada por la negativa del predicador de aceptar el matrimonio civil, la realización del censo (que era señalado como un instrumento para volver a la esclavitud) y el pago de impuestos.

Así, entre este temor y la poco amistosa actuación de cangaçeiros del Conselheiro, que asaltaban haciendas, villas y pequeñas ciudades para abastecer a la colonia, el temor se convirtió en acción y el Gobierno comenzó a enviar tropas, primero en pequeñas expediciones para intentar intimidar y copar el asentamiento. Invariablemente eran rechazados. Pero en la tercera expedición murió el coronel Moreira César, que había llegado al frente de 1500 efectivos, y ese fue el detonante de uno de los hechos más sangrientos de la historia de Brasil.

Muerto el perro…

“Daba sus consejos al atardecer, cuando los hombres habían vuelto del campo y las mujeres habían acabado los quehaceres domésticos y las criaturas estaban ya durmiendo. Los daba en esos descampados desarbolados y pedregosos que hay en todos los pueblos del sertón, en el crucero de sus calles principales y que se hubieran podido llamar plazas si hubieran tenido bancas, glorietas, jardines o conservaran los que alguna vez tuvieron y fueron destruyendo las sequías, las plagas, la desidia.” (*)

En 1897, en la cuarta incursión de las tropas gubernamentales, los militares incendiaron Canudos, mataron a casi toda la población y degollaron a los prisioneros. Los pocos supervivientes (unos cientos de niños, mujeres y ancianos) fueron trasladados a diferentes lugares del país. De acuerdo a datos históricos, se movilizaron más de diez mil soldados de 17 estados y murieron alrededor de 25 mil personas.

La prensa de la república recién instaurada y muchos historiadores retrataron a Antônio Vicente Mendes Maciel como un loco, fanático religioso y contrarrevolucionario monarquista peligroso, y si bien algo de eso había, nada justifica la tremenda carnicería en que fue convertida Canudos. Antonio Conselheiro murió de disentería a los 67 años, algunas semanas antes de que se proclamara la derrota total de su andrajoso ejército. Luego de que su “reino divino” fuera reducido a cenizas, su cuerpo fue exhumado, decapitado y exhibido en los poblados cercanos.

(*) La guerra del fin del mundo – Mario Vargas Llosas

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