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Crónicas al Voleo

Cambio de planes

Crónicas al voleo y una ficción que todos quisiéramos hacer realidad.
Por Germán Tinti

John miró la hora y decidió que ya era suficiente. Dejó los auriculares sobre la consola e hizo con sus dedos el típico gesto de “cortar” al bajista que se encontraba dentro del estudio. Dio al ingeniero algunas instrucciones sobre lo que debería hacerse la mañana siguiente, en la que él tenía que participar en una reunión de padres en la escuela de su hijo, por lo que recién aparecería por allí pasado el mediodía.

Estaba muy cansado pero de buen humor. Hacía poco menos de un mes se había publicado “Double Fantasy”, su última producción discográfica y era un éxito mundial, las canciones no dejaban de sonar en las radios. John había vuelto a sentirse cómodo en un estudio de grabación y aprovechaba ese entusiasmo para seguir registrando ideas que tenía acumuladas en su mente. El día había sido productivo porque había grabado las voces de dos temas y las bases de otros cinco. Los músicos de la banda estaban muy compenetrados con la idea de su nuevo disco y él seguía escribiendo canciones y arreglos.

Pero no todo puede ser perfecto. Cuando bajó al estacionamiento notó que su coche tenía una goma pinchada. Pero al contrario de lo que habría pasado en algún otro momento, no se fastidió, sino que lo tomó con humor y algo de alivio. Estaba algo cansado y no tenía muchas ganas de manejar, por lo que se entusiasmó con la posibilidad de tomarse un taxi y -de paso- dar una vuelta por la ciudad. Nueva York de noche siempre le pareció fascinante.

El coche de alquiler tomó por el Holland Tunnel para abandonar New Jersey. Pero en lugar de doblar para buscar la Décima Avenida y llegar directamente a su hogar, el icónico Dakota Building, le indicó al chofer que diera un paseo por la zona sur de Manhattan. Por un momento estuvo tentado de llegarse al CBGB para ver qué movida montaban allí, pero recordó que era lunes y probablemente el sitio estuviera cerrado… o clausurado. El “yellow cab” dio vueltas por Bowery y llegó hasta East Village, luego atravesó Gramercy Park, paseó por el Midtown y luego subió por Madison Avenue hasta pocos metros antes de llegar a la Calle 66.

Allí decidió abandonar el medio de transporte. Abonó el viaje y siguió caminando en busca de un bar abierto. Eran las 11 y media de la noche y la tarea no era fácil. Finalmente, poco antes de llegar a la 63 encontró un pub bastante bien puesto, del cual salía una música que lo atrajo. La barba de un par de días y el pelo corto, sumados a los lentes oscuros, le permitieron moverse con tranquilidad sin ser reconocido.

Pidió una cerveza y se sentó cerca del escenario donde una banda tocaba una versión bien rockera de “Mind Games” que le llamó la atención y lo divirtió. Cuando el conjunto hizo una pausa, le hizo un comentario al pasar al guitarrista, que debió mirar dos veces para darse cuenta de quién se trataba. John, que por entonces iba por la cuarta cerveza, tenía ganas de conversar y lo invitó a sentarse.

Charlaron durante unos 20 minutos hasta que el grupo debió volver a escena. Entonces John se prendió en una larga y divertida zapada. Los pocos parroquianos que quedaban demoraron bastante en darse cuenta de lo que sucedía y entender la suerte que tenían. Arriba del escenario, John se divertía como un amateur. Tocaba temas de Paul McCartney haciendo rimas guarangas y se daba el gusto de realizar larguísimos solos con la Telecaster que le habían prestado. Improvisó un crudo blues con una frase que le había dicho a un periodista de la Rolling Stone unos días atrás y no podía sacarse de la cabeza: “no quiero ser una mierda de héroe muerto”.

A las dos y media de la mañana el bar ya había cerrado, pero el dueño, dos empleadas, los integrantes del grupo -cuatro pibes originarios de Brooklin- y John seguían tomando cerveza, hablando a los gritos, riéndose a carcajadas e improvisando canciones con los instrumentos ya desenchufados.

Cerca de las cuatro, y bastante borracho, John decidió regresar a su casa. “Lo siento chicos, me estoy divirtiendo muchísimo, pero Yoko me va a putear”, dijo mientras se dirigía a la puerta. Entre risas, agregó: “Ella me tiene cagando”. Al principio quería cruzar el Central Park caminando, pero las dificultades que tuvo para llegar tan solo a la vereda lo convencieron de llamar un taxi.

En ese mismo momento, en la madrugada del martes 9 de diciembre de 1980, un tipo que hacía varias horas merodeaba el Dakota con los dedos ateridos, insultaba por lo bajo y se internaba en el Central Park, perdiéndose en la oscuridad y el olvido. Diez minutos después, John Lennon entraba al edificio pensando en que iba a dormir hasta tarde y faltaría a la reunión de padres del colegio de su hijo.

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