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Crónicas al Voleo

El fugaz reino de Cerro Belmonte

Crónicas al voleo y otra historia increíble que ganó los titulares de los principales diarios de Europa.
Por Germán Tinti

Cerro Belmonte era, en las postrimerías de los años 80, un pequeño barrio del distrito de Valdezarza, al norte de Madrid. Era un sector de casas bajas con aires y costumbres pueblerinas, aún cuando se encontraba (se encuentra) a tan solo 30 cuadras del estadio Santiago Bernabeu. Por entonces residían allí unas 250 personas en viviendas unifamiliares con amplios patios y puertas abiertas. Aquella bucólica paz suburbana comenzó a perturbarse el  29 de marzo de 1989, cuando el Ayuntamiento de Madrid aprobó la expropiación forzosa de las fincas del barrio para remodelar una “bolsa de deterioro urbano”.

En su lugar, la Gerencia de Urbanismo imaginó una colonia de chalés adosados. A comienzos de abril comenzaron a llegar las notificaciones a las 120 familias del sector, muchas de ellas residentes en el lugar durante más de cuatro décadas. Todo estaba mal para los habitantes de Cerro Belmonte. El municipio proponía mudarlos a departamentos de 40 metros cuadrados en el otro extremo de la ciudad, o bien pagarles una indemnización que consideraron ridícula: 5.018 pesetas (unos 30 Euros) por metro cuadrado.

Ganar la calle

Esther Castellanos es abogada y por entonces tenía 29 años. Al recibir su notificación de expropiación entendió que había que hacer algo. Lo primero fue presentar notas ante las oficinas correspondientes para solicitar audiencias con el objetivo de torcer la decisión de las autoridades. Pero no hubo respuesta. “El silencio administrativo ha sido nuestra única forma de diálogo con el Ayuntamiento”, denunciaba por entonces Castellanos, “el alcalde no nos recibe y no hemos conseguido hablar con ningún alto cargo municipal”.

La vía administrativa, como suele ocurrir, fracasó. En estos casos el paso siguiente, se sabe, es la manifestación pública, para visibilizar el problema. El 12 de julio de 1990, el monárquico diario ABC informaba que “las 125 familias expropiadas por el Ayuntamiento de Madrid en el bolsa de deterioro urbano de Cerro Belmonte se van a manifestar ante la casa del alcalde, según informó la representante legal de los afectados, Esther Castellano. Los vecinos quieren que Agustín Rodríguez Sahagún intervenga para que sus viviendas expropiadas a 5.018 pesetas el metro cuadrado no sean entregadas a promotores privados para que se construyan chalets adosados a 200.000 pesetas el metro”.

El barbudo al rescate

La movida empezaba a tener alguna repercusión en la prensa y no había que quedarse quieto. El paso siguiente fue audaz y tuvo un efecto que ninguno de los protagonistas esperó jamás. El 17 de aquel julio de locos, la abogada Castellanos entregó en la Embajada de Cuba un pedido de asilo político firmado por los 250 cerrobelmonteños en lucha.

No era casual la elección de Cuba, toda vez que el país caribeño atravesaba por esos días una delicada situación diplomática con el gobierno de Felipe González. Pocos días antes una decena de disidentes cubanos ingresaron en la legación española en La Habana en calidad de refugiados políticos.

Los que no imaginaron nunca los habitantes de Cerro Belmonte fue que el mismísimo Fidel Castro se ocuparía del asunto. Al día siguiente de la presentación, Esther Castellanos recibió un llamado. “A las tres de la madrugada del día siguiente recibí una llamada en casa. Eran de la Embajada de Cuba. Me dijeron que pasaría un coche a por mí enseguida” recuerda la letrada a 30 años del inicio de aquella protesta, “al llegar a la embajada cubana me metieron en un cuartito con dos personas y una radio con música caribeña a todo volumen. Decían que había que hablar así por si había micrófonos ocultos. Yo no entendía nada”. Menos entendió cuando los funcionarios le dijeron que Fidel había hablado de ellos durante casi media hora el día anterior, en el discurso por al aniversario del asalto al Cuartel Moncada (que duró solamente 4 horas).

También le preguntaron cuantos vecinos estaban dispuestos a irse a vivir a Cuba. En un contragolpe propagandístico, Castro buscaba revertir la mala imagen internacional que le había generado la crisis de los asilados. Esther les explicó a los funcionarios del régimen castrista que el objetivo de su pedido era generar repercusión, pero ninguno de los vecinos estaba dispuesto a mudarse al Caribe. De todos modos se llegó al acuerdo de que una delegación de “rebeldes” viajaría a La Habana para recibir el explícito apoyo de Fidel en su lucha en contra de las expropiaciones.

La comedia caribeña

En el barrio se hizo un sorteo para decidir quiénes cruzarían el mar para estrecharle la mano al barbudo. El grupo resultante era del todo heterogéneo, desde una niña de 10 años hasta un anciano de 80 que había servido en la “División Azul” (un regimiento de voluntarios españoles que peleó en el bando nazi en la 2ª Guerra)

Aquel viaje Cuba dejó algunas escenas propias de alguna película de Alex de la Iglesia. “Fuimos a La Habana a mediados de agosto, para coincidir con el cumpleaños de Fidel, que era el día 13. Allí nos recibieron con honores de estado. Al llegar nos tenían preparados unos obsequios: un puro habano para los hombres y una especie de estambre para las mujeres. Los vecinos veían aquello y cuando recibían el regalo se volvían a poner a la cola. Uno de los funcionarios que nos recibió me acabó preguntando: ‘Oigan, ¿ustedes cuántos han venido? Porque tenemos apuntadas 25 personas pero hemos dado ya más de 60 regalos’. Ahí ya vi que no iba a ser un viaje fácil”, recuerda Castellanos.

Cuando ingresaron a otra oficina oficial, el viejo facho, el de la División Azul –que también estaba algo senil– vio una foto de Raúl Castro, lo confundió con Hitler y comenzó a dar vivas a Adolph, a Franco y a la madre que los parió.

Finalmente Fidel los recibió, volvió –ya sin mucho énfasis– a ofrecerles asilo, que volvió a ser rechazado, y nuestros héroes volvieron a Madrid para dar el golpe final. “Creo que, después de las que liamos, ellos tampoco querían que nos quedásemos. Nunca fueron tan felices los cubanos como cuando nos despidieron” dijo la abogada.

¡Independencia!

Cuando aterrizaron en Barajas eran celebridades europeas. No solamente la prensa española se había hecho eco del encuentro con Fidel Castro, diarios de Inglaterra, Francia, Alemania e Italia los habían tenido en sus páginas. Pero el Ayuntamiento de Madrid seguía impertérrito y firme en su política de expropiación. Entonces los vecinos decidieron llamar a un referéndum independentista para la primera semana de septiembre. La votación se realizó en la casa de Desideria Becerril, “La Desi” para sus vecinos, y las boletas estaban hechas a mano. Voto el 100% del padrón y la postura separatista ganó 212 a 2. Nacía el Reino de Cerro Belmonte, que también incluía el Principado de Vilaamil y el Condado de Peña Chica.

A los pocos días ya circulaban fotocopias de la Constitución, se diseñó la bandera y se dio a conocer el himno, compuesto por la banda punk Kaduka 92. Por aquellos días, Juan Carlos Parra (a.k.a. “Podrido”) tenía 22 años, era el vocalista y se refería al himno –que rescataba una vieja copla popular que decía “queremos pan, queremos vino, queremos al alcalde colgao de un pino”– diciendo que era “puro punk hardcore, oye; y va a pegar. ¿El estribillo?: “No pasarán; el resto es todo leña a (el Alcalde Agustín) Rodríguez Sahagún”.

Durante la semana que duró la independencia (más que la de Cataluña, digamos todo) también circuló el “belmonteño”, la moneda oficial del reino, que tenía una cotización de 5.018 pesetas (lo que el Ayuntamiento les ofrecía por metro cuadrado de terreno). El billete estaba impreso en papel obra y en su frente tenía dibujado el mapa del barrio.

Todos estos símbolos se presentaron un sábado por la noche, en una gran fiesta que se organizó para celebrar la independencia en la canchita del barrio (perdón, del reino), entre tiendas de campaña, vallas de obra y niños que estaban pasando un verano que no olvidarían jamás.

Bandera blanca

Al Ayuntamiento no le quedó otra que tirar la toalla y dar marcha atrás con las expropiaciones y entablar negociaciones con los vecinos para lograr acuerdos consensuados. Especialmente después de que los belmonteños pidieran el reconocimiento de la ONU.

Con indisimulada ironía, el columnista del ABC Luis Prado Roa escribía en noviembre de aquel inolvidable 1990 que “el ‘estado independiente’ de Cerro Belmonte está a punto de consultar a su parroquia el regreso al redil: la ‘anexión’ a la Comunidad Autonómica de Madrid puede producirse de un momento a otro. El ‘asilo político’ de Cuba ha sido como poner entre las cuerdas a Rodríguez Sahagún. El ayuntamiento ‘ha capitulado’ ante la presión social y política de las fuerzas de Cerro Belmonte, que han pasado, directamente, de la huelga de hambre, al churro matutino mojado en chocolate”.

Hoy Cerro Belmonte es un barrio de edificios de departamentos flamantes, pero nada queda de aquel paisaje pueblerino. Los vecinos hicieron buenos arreglos, se quedaron en el sector y consiguieron buenos pisos. Pero todavía el viento de la sierra lleva a sus ahora prolijas calles aquella copla: “queremos pan, queremos vino, queremos al alcalde colgao de un pino”

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