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Crónicas al Voleo

El incidente de Shag Harbour

Una de las tantas historias que terminan quedando a mitad camino entre la realidad y la leyenda.
Por Germán Tinti

Shag Harbour es un pequeño caserío de pescadores ubicado en uno de los extremos de la península canadiense de Nueva Escocia, sobre el Océano Atlántico. Su población estable no llega al medio millar de personas, que residen en pequeñas casas diseminadas a lo largo de la ruta 3.

Su actividad comercial es modesta y en general sus habitantes deben trasladarse a poblaciones vecinas para proveerse de ropa, entretenimiento, herramientas y alimentos. La escuela elemental se encuentra a medio camino con la vecina localidad de Woods Harbour. En Shag Harbour solamente podemos encontrar una tienda, un bar, la oficina de correos, dos muelles, dos iglesias bautistas y un pequeño museo. La principal fuente de ingresos de sus pobladores es la pesca,  fundamentalmente la de la langosta.

Todo era tranquilidad, hasta que…

Hay poco de que hablar en Shag Harbour. O al menos eso era así hasta la fría noche del 4 de octubre de 1967.  Eran casi las 11.30 de una noche sin luna cuando Laurie Wickens, junto a cuatro amigos, manejaba su auto por la ruta 3, cuando vieron sobre el mar, hacia el sur, un enorme objeto que se movía en dirección este. Lo describieron como una fila de cuatro luces grandes anaranjadas que parpadeaban, y emitían un fuerte silbido. Más tarde observaron como “eso” se inclinaba a 45 grados e iba a impactar sobre la superficie marina. A poca distancia del lugar donde Wickens y sus amigos observaban atónitos el suceso, el agente de policía Ron Pond experimentaba un asombro similar en su patrullero. “Se escuchó un silbido, que se hacía cada vez más intenso, de algo en caída libre”, contó Peter Goreham, que entonces tenía sólo 13 años, a la revista Maclean’s.

Los seis testigos coincidieron en señalar que luego de aquel silbido se escuchó una especie de explosión y “aquello” permaneció en la superficie durante algunos minutos. Todos pudieron llegar hasta la orilla para poder observar como ese ¿artefacto? se hundía lentamente, sin dejar de emitir luces. En el interín, el agente Pond había dado aviso del suceso al destacamento de la Real Policía Montada ubicado  en Barrington Passage, a 10 km de Shag Harbour.

Luces y espuma

Mientras tanto, el estruendo había quebrado la tradicional paz nocturna del poblado y sus habitantes rápidamente ganaron las calles. La primera versión fue que un avión pequeño se había precipitado al océano y eso fue lo que se informó a las autoridades, que ante esta posibilidad rápidamente se contactaron con la autoridad aeronáutica canadiense al mismo tiempo enviaron dos agentes más para colaborar con Ron Pond en tierra y se comisionó a una nave de la Guardia Costera para que concurriera desde Puerto Clarck al lugar para rescatar a las posibles víctimas. Al bote oficial se sumaron varios pesqueros que anclaban en la región.

Los testigos, que a esa hora ya eran un par de docenas, sostienen haber visto, a casi un kilómetro de la orilla, una brillante luz que surgía desde las oscuras aguas del Golfo de Maine. Según el informe de la Policía Montada se trataba de “una luz pálida bajo ocho pies (algo menos de 2,5 metros) de agua” (de “brillante” a “pálida” hay un trecho). Agregaban que se movía lentamente hacia el este dejando tras de sí un rastro de espuma amarillenta.

Todos al rescate

En casi media hora ya todo el pueblo se preparaba para asistir a las eventuales víctimas. También llegaban al lugar el guardacostas enviado desde Puerto Clarck y los pesqueros voluntarios, que antes de una hora ya eran ocho. Desde el mar se confirmó la presencia de esa extraña espuma amarilla, algunos mencionaron haber percibido un nauseabundo olor a azufre. Pero nadie encontró ningún resto que hiciera  pensar en un accidente aéreo. Ni hierros retorcidos, ni restos de fuselaje, mucho menos sobrevivientes o víctimas fatales, ni equipaje flotando. Solo aquella espuma de la que, por cierto, nadie parece haber tomado ninguna muestra.

El guardacostas de la Guardia Costera, los 8 pesqueros y todo Shag Harbour desarrollaron una intensa actividad que se extendió hasta las 3 de la mañana y se suspendió hasta que amaneciera. Nada se encontró. A esa hora ya se estaba dejando de hablar de un avión y se había comenzado a mencionar a los ovnis.

Esa misma madrugada, la autoridad de navegación aérea de Canadá informó que ni el Centro de Coordinación de Rescate de Halifax, ni el radar del Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial (NORAD por sus siglas en inglés) ubicado Baccaro, a unos 15 km lineales, habían registrado la desaparición de ninguna aeronave, civil o militar.

El HMCS (sigla en inglés que significa “barco canadiense de Su Majestad”) Granby aportó siete buzos tácticos que durante tres días investigaron el fondo marino desde el amanecer hasta el crepúsculo. Otra vez nada.

Ni un rastro

El lunes 9 de octubre el Comando Marítimo entiende que ya es suficiente y da por concluida la investigación. Para algunos esta decisión es inexplicable, aún cuando después de medio centenar de horas de búsqueda por parte de buzos expertos no produjeron ningún resultado. En el fondo del mar que baña las costas de Shag Harbour no había nada.

Poco tiempo después el caso fue archivado sin que se hubiera registrado ningún avance que permitiera explicar qué habían visto (o creían haber visto) aquellos 6 testigos iniciales, y comenzó el trabajo de los amantes de las teorías conspirativas, que se empecinan en no aceptar la realidad e imaginan que por un tácito acuerdo entre cientos o miles de personas que no se conocen entre sí se procede a ocultar una realidad evidente para sus febriles imaginaciones. Esto es más común de lo que creemos y nos han legado algunas buenas películas y muchas teorías disparatadas.

¿El reinado de la mente?

Pero algo positivo sacó Shag Harbour de todo esto: un museo de ufología que es sitio de peregrinación y culto para ufólogos con algún mango para costearse el largo viaje hasta aquel extremo de la península de Nueva Escocia. Allí, cada año, decenas de frikis se reúnen en el “Shag Harbour Incident Festival” para seguir alucinando juntos la invasión alienígena.

Observación al margen (pero no tanto). Desde que casi la totalidad de la humanidad lleva en su teléfono móvil una cámara fotográfica, ya no aparecen imágenes de santos llorando sangre ni de ovnis. No obstante, siguen teniendo vigencia aquellas palabras que nos introducían a cada capítulo de aquella recordada serie de las décadas de 1950 y 1960: “Al igual que el crepúsculo que existe entre la luz y la sombra, hay en la mente una zona desconocida en la cual todo es posible; podría llamársele, la dimensión de la imaginación, una dimensión desconocida en donde nacen sucesos y cosas extraordinarias como lo que ahora vamos a ver. ¿Que no es posible?, Todo es posible en el reinado de la mente, todo es posible en la ‘Dimensión Desconocida’”.

Shag Harbour también nos ha dejado, para conmemorar el 52º aniversario del (supuesto) hecho, una singular y colorida moneda emitida por la Royal Canadian Mint. Es una pieza rectangular de plata que representa a tres testigos en un muelle en Shag Harbor y observando cuatro orbes brillantes en el cielo. Cuando la moneda se observa bajo una luz negra, se revela que la fuente de las bolas de luz es un platillo volador que se sumerge en el agua.

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Más allá de este mundo se conocen cosas extrañas

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(The twilight zone – Rush)

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