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Crónicas al Voleo

El piloto del avión rojo de combate

Crónicas al voleo recorre la historia de un mítico personaje de la Primera Guerra Mundial.
Por Germán Tinti

La Luftstreitkräfte era una amenaza permanente en los cielos del Frente Occidental durante la Primera Guerra Mundial. Las tropas del Imperio Alemán estaban a las puertas de París y aquella fuerza aérea era uno de los principales argumentos de Guillermo II y sus almirantes (buen nombre para una banda de cumbia). Eran, todos los vimos, aviones de dibujos animados, verdaderas catraminas voladoras que muchas veces se precipitaban a tierra a causa de su precariedad y de las numerosas fallas mecánicas y estructurales que presentaban. La aviación estaba aún en etapa experimental, la guerra era un banco de pruebas ideal y un puñado de jóvenes audaces, a ambos lados de las líneas, oficiaban como cobayos y pioneros a un mismo tiempo.

De todos ellos, Manfred von Richthofen era en 1918 el más exitoso, el más famoso y el más temido. Tenía 26 años y unos pocos como piloto cuando se convirtió en leyenda. Había nacido en Breslau, ciudad de la Baja Silesia que décadas después (luego de la Segunda Guerra) pasaría a formar parte de Polonia, y era miembro de una familia aristocrática. Al principio de la conflagración se había alistado en la Caballería, pero en 1915 pasó al servicio aéreo, integrando el escuadrón de cazas, en el que tuvo un ascenso meteórico y dos años después ya formaba parte de la Jagdgeschwader 11 y comandaba la división de aviones de caza conocida como el “Circo Volador” porque los 14 aviones que lo integraban iban pintados de vivos colores y los pilotos vivían en tiendas armadas en los descampados que utilizaban como aeródromos.

Mítico Barón, ¿dónde quedó

el vuelo fugaz de tu gran avión?

Barón

Pionero audaz, el aire fue tu pasión

y otro avión te destruyó

Caballero rojo

En ese circo mortal, Von Richthofen había decidido pintar su nave de rojo, para que sus enemigos pudieran identificar con facilidad quien los derribaba. No hace falta ser un brillante investigador para encontrar el hilo que nos conduzca al origen de su apodo de “Barón Rojo”. En su breve pero “productiva” intervención bélica nació su fama de “caballero del aire” porque aparentemente dejaba huir a sus contrincantes heridos en vuelo. De alguna manera, este prestigio entra en aparente contradicción con la frialdad de cazador que ponía de manifiesto cuando entraba en combate y con la vanidad (también de cazador) de recoger un “trofeo” de cada uno de sus vencidos: en su casa familiar tenía una habitación repleta de estos recuerdos: palas de hélices, ametralladoras y número de identificación de aviones que había mandado a tierra.

“Soy un cazador por naturaleza”, afirmaba Von Richthofen en su autobiografía El avión rojo de combate. “Cuando he abatido a un inglés, mi pasión por la caza se calma por lo menos durante un cuarto de hora“, y añade “los cazadores necesitan trofeos”. Por eso, además de los recuerdos de batalla, Manfred mandaba a hacer con un orfebre de su ciudad una copa de plata por cada victoria.

De héroe nacional pasaste a ser

cómic en papel, no es un mal final

Barón

Y en tu rojo avión vas a volar sin cesar

Pues así no morirás

Bala perdida

El buen orfebre de Breslau tuvo bastante trabajo en 1917 y 1918, porque fueron 80 las copas de plata. El Albatros rojo se había convertido en una verdadera pesadilla para los pilotos ingleses y franceses. Se llegó a correr la voz de que Gran Bretaña había creado una división especial para acabar con Von Richthofen, lo cual nunca pudo ser corroborado.

La Jagdgeschwader era letal y llegó a derribar 644 aviones con solo 56 bajas. Su hermano Lothar, alcanzó 40 victorias al final de la guerra en esta unidad, Kurt Wolff, 33 victorias y Karl Allmenroder 30 derribos. Todos lograron la Cruz al Mérito

Igual, no todas eran buenas para Manfred. El 6 de julio de 1917 recibió una bala perdida en el cráneo que le provocó una terrible herida pero continuó volando hasta poder aterrizar a salvo de las balas enemigas. Estuvo convaleciente un buen tiempo y luego de ser dado de alta regresó a su unidad y poco después recibió con alegría un Fokker Dr.I, el triplano con el que haría su vuelo final.

Esa guerra cruel terminó

Pero sigue aún el mundo en tensión

Barón

Si vivieras hoy podrías ser

Capitán de una nave espacial

El último combate

El vuelo final del Barón Rojo comenzó el 21 de abril de 1918 en el improvisado aeródromo de Cappy, desde donde despegó el “Circo Volador”, que algunos minutos después encontraría –y atacaría– a un escuadrón de infantería australiano. En eso estaban Manfred y sus muchachos cuando fueron sorprendidos por una escuadra de la Real Air Force. Se iniciaba la última batalla y se abrían las puertas de la leyenda.

Al principio, la historia indicó que el capitán canadiense Roy Brown fue quien derribó al mítico piloto alemán, aunque investigaciones posteriores aseguran que fue el soldado de infantería australiano William John “Snowny” Evans quien, desde tierra, le embocó una bala calibre 7,70 que lo atravesó de lado a lado, perforándole el pecho, pulmones, el hígado, el corazón, la arteria aorta y la vena cava antes de salir. La cátedra señala que con todo el triperío tan perjudicado Manfred se desvaneció en menos de un minuto y ya estaba muerto cuando su Fokker se estampó contra el suelo de Vaux-sur-Somme. Snowny murió en 1925 y se cree que nunca sospechó que fue él quien terminó con la leyenda del aire.

Barón, héroe de cuento

Amo de las nubes, señor del viento

Barón, vives un sueño

Triste y solitario surcando el cielo

Barón, tu triste misión no apagó tu gloria

La angustia del guerrero

Las Fuerzas Armadas Británicas le rindieron los máximos honores militares al terrible enemigo derrotado. Su ataúd fue llevado a hombro por seis oficiales del Escuadrón 209 y al momento del sepelio, soldados australianos ejecutaron una salva de 21 disparos de artillería. También pusieron una lápida en el que se puede leer su epitafio: “Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz.”

Luego de su muerte se conoció un breve texto, recién publicado en 1933, llamado Gendanken in unterstand, (Reflexiones en mi refugio). Allí desmiente la visión romántica de la guerra, ya que no cree que fuera ni divertida ni heroica, sino en realidad un asunto “muy serio y pesaroso”. También confiesa que siente angustia cada vez que vuelve de un combate y la vida le parece sombría. Tenía 25 años y reflexionaba como un anciano desengañado. La guerra aniquila la juventud en todo sentido.

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