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El portaaviones de hielo y aserrín

El portaaviones de hielo y aserrín

Por Germán Tinti

 

Wiston Churchill tomaba un reparador baño de inmersión cuando repentinamente ingresó al cuarto el Jefe de Operaciones de la Armada Británica, Lord Louis Mountbatten, quien al tiempo que anunciaba tener el descubrimiento que cambiaría el curso de la guerra a favor de Gran Bretaña, arrojaba un pedazo de hielo en la bañera. A Churchill le tomó unos segundos recuperarse de la sorpresa y cuando iba a echar con cajas destempladas a su colaborador para regresar a la intimidad y relax de su baño, notó que ese pedazo de hielo flotaba en el agua caliente sin derretirse.

El portaaviones de hielo y aserrín
Jefe de Operaciones de la Armada Británica, Lord Louis Mountbatten

Durante la primera parte de la Segunda Guerra Mundial, Alemania dominó en el Atlántico, haciendo perder a las Fuerzas Aliadas muchos barcos que transportaban material de guerra desde EE.UU. y Canadá hacia Europa.  Churchill y su alto mando estaban convencidos que la mejor manera de contrarrestar esa superioridad era la fuerza aérea, pero la autonomía operacional de los aviones no era suficiente para cubrir las grandes superficies marítimas y la Armada no tenía suficientes portaaviones para prestar el apoyo adecuado.

Según consigna el historiador español Jesús Hernández en su libro “Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial”,  «aunque los ingleses disponían de una excelente fuerza aérea, que había demostrado su valía combatiendo con éxito a la Luftwaffe en la batalla de Inglaterra, la falta de portaaviones hacía casi imposible la localización y el hundimiento de los U-Boote germanos en las áreas centrales del océano Atlántico, que así quedaban desprotegidas. La aviación era sin duda el arma más efectiva contra los submarinos, ya que estos eran atacados en superficie, cuando resultaban más vulnerables, antes de que tuvieran tiempo para sumergirse. Pero para poder atacar a los submarinos desde el aire hacían falta portaaviones; de este modo, las rutas atlánticas quedarían protegidas».

La irrupción de este material extraordinario, que además tenía una gran dureza, abría nuevas perspectivas en torno a la estrategia militar de los Aliados. Nacía la Operación Habakkuk.

El portaaviones de hielo y aserrín
Geoffrey Pyke, el “padre de la criatura”.

El padre de este descubrimiento fue el científico Geoffrey Pyke, quien a partir de un artículo de la revista “National Geographic” que trataba de la firmeza de los icebergs y su capacidad para soportar bombardeos sin agrietarse. Pyke, que solía tener ideas cuanto menos discutibles (como aquella que proponía enviar dobles de Hitler a soldados alemanes situados en determinados sitios para ordenarles que se dejaran ganar) estudió el asunto y llegó a la conclusión que mezclando agua con un 14% de aserrín se lograba que el hielo adquiriera una resistencia similar al hormigón o el acero, pero obviamente mucho más liviano. Haciendo un juego de palabras con el apellido del descubridor y la palabra “concrete” (concreto en inglés) se bautizó al nuevo material con el nombre de pykrete (una porquería de nombre, es cierto. Pero eran científicos, no publicistas).

De hecho, el pykrete fue una de las estrellas de la secretísima Primera Conferencia de Quebec, realizada en agosto de 1943 entre Churchill, el Presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosvelt y el Primer Ministro canadiense, William Lyon Mackenzie King (Stalin también fue convocado, pero no pudo asistir por cuestiones militares). Allí, entre otros puntos, se acordó la estrategia para el desembarco coordinado en el continente europeo para vencer finalmente al Eje.

Para dejar constancia indiscutible de las propiedades del nuevo material, se proyectó una puesta en escena que es relatada por el propio Churchill en una carta: «Lord Mountbatten hizo señas a uno de sus empleados, que apartó una manta y mostró dos bloques de hielo de un metro de altura. Luego invitó al hombre más fuerte que hubiera a romper cada bloque de hielo por la mitad con un hacha especial que había traído. Todos los presentes votaron al general (Henry) Arnold porque era trabajo para un “hombre fuerte”. [Arnold] se quitó el abrigo, se arremangó y agitó el hacha, partiendo el hielo común de un solo golpe. Se volvió, sonriendo y juntando sus manos sobre su cabeza en señal de victoria. Luego escupió en sus manos, tomó el hacha de nuevo, y avanzó sobre el bloque de Pykrete. Giró el hacha, y cuando la bajó, soltó un grito de dolor, ya que el Pykrete permanecía completamente intacto, mientras que sus codos habían sido sacudidos».

Y continúa refiriendo Churchill: «Mountbatten sacó una pistola del bolsillo para demostrar la fuerza del Pykrete contra los disparos. Primero disparó al hielo ordinario, que se hizo añicos. Luego disparó al Pykrete, que era tan fuerte que la bala rebotó. Por poco dio a Charles Portal [jefe del Estado Mayor del Aire]. Los oficiales que esperaban fuera se horrorizaron con los disparos de revólver e irrumpieron en la habitación entre gritos».

El portaaviones de hielo y aserrín
La cumbre de los aliados aprobó el proyecto que nunca pudo llevarse a cabo.

La demostración acabó con cualquier rastro de escepticismo y se acordó desarrollar conjuntamente el proyecto de construir un portaaviones de hielo. La gigantesca nave tendría 1.200 metros de eslora, 180 metros de manga, 50 metros de calado y un desplazamiento de 2.000.000 de toneladas. Podría transportar 150 cazas y bombarderos bimotores y tendrían 40 torretas con numerosos cañones. Sería propulsada por generadores y 26 motores eléctricos externos, lo que evitaría que el hielo se fundiese. Incluiría también el equipo necesario para mantener refrigerado el ‘pykrete’. La maniobrabilidad del buque sería limitada, y su velocidad alcanzaría los 10 nudos.

Para hacernos una idea de la dimensión del helado portaaviones hay que tener en cuenta que en la actualidad, el portaaviones más grande que navega los mares del mundo es el USS Theodore Roosevelt que tiene casi 350 metros de largo y puede transportar 90 aeronaves entre ala fija y helicópteros.

Con el tiempo, el proyecto, bautizado Habbakuk en referencia a un profeta del Antiguo Testamento, empezó a mostrar fallos e inconvenientes  que instalaron y cimentaron la idea de que sería imposible llevarlo a cabo. En primer lugar, habrían hecho falta al menos dos años para poder botar la inmensa nave. Pero Jesús Hernández explica que «el argumento más sólido contra el gigantesco portaaviones era el económico; se concluyó que no era aconsejable continuar empleando más medios en el desarrollo de un proyecto tan incierto, cuando era mucho más sencillo y barato construir portaaviones convencionales en los astilleros norteamericanos, que funcionaban ya a pleno rendimiento». Por lo demás, existen versiones que, a medida que el proyecto se derrumbaba, Pyke habría caído en desgracia y su credibilidad se destrozó cuando comenzaron a surgir rumores sobre la posibilidad de que realizara tareas de espionaje a favor de la Unión Soviética.

Finalmente las tropas aliadas desembarcaron en el continente europeo utilizando naves tradicionales. El hielo quedó para el scoth whisky del victorioso brindis.

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