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Crónicas al Voleo

El primer mártir del Muro de Berlín

El primer mártir del Muro de Berlín

Por Germán Tinti

 

«Entiendo su pregunta como que hay hombres en Alemania del Oeste que desearían que movilizáramos a los trabajadores de la construcción de la capital de la RDA para erigir un muro. No conozco la existencia de tales motivaciones, pues los obreros de la construcción de la capital emplean todas sus fuerzas principalmente en la construcción de casas. ¡Nadie tiene la intención de erigir un muro!»

Esto le respondió Walter Ulbricht, Presidente del Consejo de Estado de la República Democrática Alemana el 15 de junio de 1961 a la periodista Annamarie Doherr. Un mes después, y reafirmando la reconocida eficiencia teutona, el vergonzoso Muro de Berlín se erigía como un símbolo mundial del desprecio soviético por la libertad.

Moraleja preliminar: nunca confíes ciegamente en un gobernante comunista (en uno capitalista tampoco. No te fíes ciegamente de ningún gobernante).

El primer mártir del Muro de Berlín

Peter Ferchter era obrero de la construcción y tenía 18 años cuando una barrera de hormigón, que finalmente alcanzó los 155 km. de largo y 3 metros y medio de altura, lo dejó del lado equivocado de Berlín. Su familia residía en el sector occidental de la ciudad, él vivía en la zona oriental, que pertenecía a la República “Democrática” de Alemania. Con un poco de desesperación, junto con su amigo Helmut Kulbeik pergeñaron un plan sencillo para sortear el muro y la cada vez más numerosa e inflexible guardia militar: vigilar el movimiento de los centinelas desde una carpintería cercana al serpenteante paredón, saltar desde una ventana en el momento adecuado hasta el llamado corredor de la muerte (una franja de tierra entre el muro principal y un muro paralelo que recientemente se había empezado a construir) y correr por el mismo hasta una pared cercana a Checkpoint Charlie, uno de los pasos fronterizos más importantes, ubicado en el distrito de Kreuzberg, en Berlín Occidental

 

Tiene casi veinte años y ya está cansado de soñar

pero tras la frontera está su hogar, su mundo y su ciudad.

Piensa que la alambrada sólo es un trozo de metal

algo que nunca puede detener sus ansias de volar.

 

Luego de algunos meses de observación, Peter y Helmut decidieron que el viernes 17 de agosto era el día adecuado. Pero el plan no estaba lo suficientemente aceitado, o tal vez subestimaron la atención y la eficacia de los guardias. Kubeik logró su objetivo y alcanzó las calles de la sección occidental de Berlín. Pero cuando estaba trepando el segundo muro, Peter fue alcanzado por los disparos de los guardias a la altura de la pelvis y ya no pudo continuar. Lentamente cayó al piso y allí quedó, desangrándose, sin fuerzas para volver a intentar escalar ni para volver atrás.

El primer mártir del Muro de Berlín

Cerca de una hora agonizó Peter Fechter entre las dos paredes del ignominioso muro, a la vista de una multitud a uno y otro lado de la frontera. Los disparos atrajeron a centenares de transeúntes que en ese momento se encontraban en el centro de Berlín. Pero durante unos 50 minutos nadie atinó a ayudar al joven obrero de la construcción, que gritaba y pedía ayuda mientras se desangraba. Finalmente, la torre de control oriental dio la orden y tres guardias ingresaron en el callejón de la muerte para levantar el cuerpo exánime del adolescente y lo pasaron por encima de la alambrada nuevamente a la República “Democrática” de Alemania. Los numerosos ciudadanos que habían sido testigos del asesinato iniciaron allí mismo, de la manera más espontánea que se recuerde, una manifestación de repudio.

 

Con su amor por bandera se marchó cantando una canción

marchaba tan feliz que no escuchó la voz que le llamó

y tendido en el suelo se quedó, sonriendo y sin hablar,

sobre su pecho flores carmesí brotaban sin cesar

 

Helmut Kulbeik no pudo superar jamás la muerte de su amigo. «¿Por qué no intenté ayudarle? –se preguntaba en una entrevista que concedió cuando se cumplieron 50 años del crimen–  Quizá si le hubiera sostenido hasta saltar al otro lado, allí le habría visto un médico en seguida. A veces pienso que debieron dispararme a mí, yo era el disidente. Peter sólo quería reunirse con su familia. No quiero seguir hablando de esto, recuerdo a Peter cada día, así no se puede vivir».

 

Esa misma tarde hubo protestas en Berlín Occidental, no sólo contra la República “Democrática” Alemana, sino también contra las fuerzas militares de Estados Unidos, a las que se acusaba de pasividad. El Alcalde de Berlín, Willy Brandt, intentó calmar a la población, pero hacia medianoche, unas 10 000 personas se manifestaron e incluso tiraron piedras contra un autobús de tropas rusas que se dirigían a custodiar un monumento en Berlín Occidental.

El primer mártir del Muro de Berlín

En los días siguientes, el Canciller de la República Federal de Alemania, Konrad Adenauer, escribía a Nikita Jrushchov protestando porque en “una gran ciudad del mundo civilizado” se negara los primeros auxilios a un joven. Pero también pidió al embajador americano Walter C. Dowling que en un futuro se interviniera para ayudar a las víctimas. Adenauer sabía que el de Fechter no sería el último caso. Y estaba en lo cierto. Luego de Peter Fechter, 78 personas más perdieron la vida intentando franquear el muro, más de 100 resultaron heridas de bala y 4.000 lograron cruzar a Occidente. La última víctima fatal del muro fue Chris Gueffroy, que cayó de un balazo en el corazón el 6 de febrero de 1989. El Muro de Berlín (todavía no lo sabía nadie) tenía los días contados. La cuenta regresiva hacia el histórico 9 de noviembre de 1989 había comenzado.

Las almas de Peter, Chris y los otros 77 mártires de Berlín se encaminaban hacia la tan ansiada y absurdamente negada libertad.

Sin que fuera confirmado ni desmentido por el intérprete Nino Bravo ni por los autores Luis Armenteros y Pablo Herrero, se afirma que la canción “Libre”, publicada por el malogrado cantante en el long play “Mi tierra” de 1972, está dedicada a Peter Fechter y su absurda muerte.

 

Libre como el sol cuando amanece

yo soy libre como el mar.

Libre como el ave que escapó de su prisión

y puede al fin volar.

Libre como el viento que recoge

mi lamento y mi pesar,

camino sin cesar detrás de la verdad

y sabré lo que es al fin la libertad.

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