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El zorro Juan

Por Luis Eliseo Altamira

Juan Rulfo (la parte visible del témpano de su nombre, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno), alias el Zorro, quedó huérfano de padre a los siete años, y de madre a los once. En su lecho de muerte ella, que en apariencia había comenzado a desvariar, le dijo: “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”. Juancito sabía que le estaba hablando de su padre pero, ¿por qué lo del olvido? Habían pasado cuatro años, sí, pero las personas no pueden volver a voluntad de su muerte. No entendía.

La abuela materna lo llevó con ella pero también se murió. Juan fue a parar entonces al mexicanísimo orfanatorio Luis Silva, de Guadalajara, y de ahí, ya solito, a ciudad de México. Leía. En la plaza del Palacio Nacional los gorriones picoteaban las hojas que el aire hacía caer y Juan leía. Y un día, “que estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen”.

Juan escribía y corregía con un lápiz Faber número 2 amarillo, de esos que vienen con una gomita de borrar. Y destruía (con el fuego o con las manos, casi invariablemente). Escribía sobre campesinos, un tema ya agotado por los escritores mexicanos, entonces abocados a la gente de la ciudad y sus problemas. “Era Joyce o nada – ha dicho Monterroso -. Kafka o nada. Borges o nada”. “¡Váyanse mucho al carajo!”, pensaba Juan.

Los pocos cuentos que se salvaron (Nos han dado la tierra, Macario, La cuesta de las Comadres y otros) fueron a parar a la primera edición de El Llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica. “Fue un éxito, todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas”. Y entonces le empezó a salir una novela.

Había escrito tres o cuatro páginas insignificantes cuando le volvieron las palabras que le había dicho su madre en el lecho de muerte. Y así fue como Juan se adentró en Comala (un mundo habitado por pobres almas no desprendidas aún del todo de su condición terrena, como bien señala el mismo Monterroso) para exigirle a su padre, ahora llamado Pedro Páramo, lo que su madre le había pedido que le exigiera.

 

Corría el año 1961. “Alvaro Mutis -cuenta Gabriel García Márquez- subió a grandes zancadas los siete pisos de mi apartamento en México D.F. con un paquete de libros. Separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ´¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!’. Era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí La Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá -casi diez años atrás-, había sufrido una conmoción semejante”.

La novela, publicada en 1955, “fue todavía mejor que el primer libro, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir ´¿Qué pasa con el Zorro?´, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle: ´Tiene usted que publicar más`. ´Pero si ya he publicado dos libros´, respondía él con cansancio. ´Y muy buenos – le contestaban -; por eso mismo tiene usted que publicar otro´. El Zorro no lo decía, pero pensaba: ´En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer`. Y no lo hizo” (*).

(*) Los fragmentos entrecomillados que se encuentran en el segundo. cuarto  y séptimo párrafo de esta nota corresponden al cuento El zorro es más sabio, de Augusto Monterroso.

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