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Crónicas al Voleo

Instrucciones para grabar un cassette

Crónica ochentosa de un rito casi sagrado
Por Germán Tinti

Mágicamente nos transportamos a la primera mitad de la década de 1980, cuando quien esto escribe empezaba a despuntar la adolescencia. Por aquellos años, PC eran las iniciales de “Partido Comunista”, porque en aquel entonces los partidos políticos existían. La computadora era algo más cercano a la ciencia ficción que a la realidad y que, según explicaban personas muy entendidas en tecnología, iba a reemplazar en el largo plazo a la calculadora.

Pipo Cipollatti y Andrés Calamaro conducían un programa de televisión que se llamaba “Música Total Videos” (MTV era la sigla, ¡ladris!). Los buenos futbolistas jugaban siempre más de tres años en el mismo club y usaban las medias bajas, no como ahora que las usan como can can. En las clases de Instrucción Cívica nos hablaban de un libro de literatura fantástica llamada “Constitución” y nos hacían jugar a las elecciones, mientras la guerra de Malvinas -trágicamente- abría las puertas para que ese juego se hiciera realidad. Lo mataban a Lennon, justo cuando uno empezaba a encontrarlo.

Recién se podía ver “La Naranja Mecánica” en los cines. Sonaba Serú. los Stones volvían a desmentir su separación, Spinetta era de Jade y Los Redonditos de Ricota eran una banda subte de Buenos Aires que se podía escuchar en Córdoba cuando alguno viajaba y podía grabar el recital (que significaba llevar un enorme radiograbador y un par de docenas de pilas grandes, ni soñar con las alcalinas). No voy a explicar lo que es (era) un radiograbador. Gugleen si son tan vivos.

Una de piratas

Por aquel entonces, piratear (perdón, compartir) era una tarea verdaderamente artesanal. Empezando porque no utilizábamos los términos “piratear” ni “compartir”. Era simplemente copiar un disco, o un cassette. Y los medios para reproducir música en forma doméstica eran precisamente esos dos: el disco o el cassette.

Cuando la gente de mi generación iniciaba la década del 80 tenía al alcance de la mano un adelanto tecnológico que facilitaba muchísimo las cosas: el centro musical. O sea, un equipo de audio muchísimo más grande, más pesado y con menos prestaciones que los actuales. Tocadiscos, grabador y radio, todo en uno (o sea, como un celular pero con menos prestaciones y muchísimo más grande). Control de agudos y graves y pocas cosas más. Un alarde de modernidad y desarrollo.

Los más pudientes accedían a los “minicomponentes”, que era lo mismo pero por separado, pudiéndose agregar un ecualizador. Sin embargo, estos elementos no estaban en casi todos los hogares. Los de clase media podían acceder a ellos con mucha dificultad. No obstante, en el curso del cole había cuatro o cinco que tenían. Yo era uno de esos.

Nuestro amigo el cassette

Creo que a los que nos gustaba la música nos ganaba un verdadero sentimiento de solidaridad y nos empeñábamos en facilitarles las cosas a los colegas. Nunca podíamos decir que no a alguien que nos pedía que les grabáramos un cassette. ¡Eso era cooperativismo!

Las cosas eran más o menos así: Segundo recreo. Estoy sentado en un escalón tratando de saber al menos de qué materia es la prueba que tengo en la próxima hora. Subrepticiamente, Esteban se me aparece desde atrás de una columna. Vigilando que nadie se fije en nosotros, me entrega un objeto con un disimulo que hubiera llamado la atención hasta de un ciego, diciéndome “grabame el de Rush”.

“¿Cuál?”, pregunté algo sobresaltado

“El importado” dijo, y desapareció. La noticia de que a mi hermano le habían regalado una edición canadiense de “Moving Pictures” ya había corrido.

Con los años, esta escena parece algo exagerada. Sobre todo si tenemos en cuenta que durante 12 años (primario y secundario completos), Esteban se sentó detrás de mí. Pero había códigos y debían ser respetados.

Comenzaba, entonces, un proceso que voy a describir.

Paso a paso

Para empezar, se debía proceder a la elección del cassette, teniendo en cuenta un par de parámetros fundamentales: valor y duración.

La marca más común era TDK. Y eran buenos. Muy buenos. Y no eran tan caros. Los Basf eran más cool, tan buenos como los TDK, pero alemanes y un poquito más caros y difíciles de conseguir. Para arriba poco más. Para abajo una lista que incluye a los “Auditone” y un montón de marcas truchas como KDK, Panoasonic y cosas así.

En cuanto a la duración, el estándar era 60 minutos (30 por lado). Pero también venían los de 90. Un poco más raros eran los de 46 (que también fueron fugaces) y los de 180 (que eran un quilombo seguro, porque indefectiblemente se te enredaba la cinta).

A la hora de elegir la marca, ésta será según la finalidad que se le de al cassette y qué se vaya a grabar en él. Si queremos seducir a una chica, será un Basf, sin dudar. Si vamos a grabar ese pirata de Deep Purple que tiene el Perro, será un TDK de 90. Si es un disco de música clásica que te pidió tu viejo, con el Auditone sobra.

Calidad de la cinta

No conozco a nadie de mi generación que realmente haya terminado de entender este asunto. Yo ni siquiera empecé. Pero existía una especie de mito o leyenda urbana que los cassetes de cromo eran mejores que los comunes. Y los de ferro-cromo pa’ la mierda mejores que todos. El cromo y el ferro-cromo venían a ser unas sustancias que tenían las cintas, que hacían que la música se grabara mejor y se escuchara pa’ la mierda mejor. Incluso, algunos equipos tenían un selector a tal fin.

Juro solemnemente que yo nunca noté la diferencia, pero -como todos- estaba convencido de que eso debía ser cierto. Pero tener un par de esos te daba cierto prestigio. Obviamente, en esas cintas había que grabar cosas importantísimas.

Relación disco/cassette

La copia de un long play en un cassette presenta un problema que podríamos llamar de “relación de lados o caras”. Básicamente, sus tiempos son distintos. Como ya se dijo, el cassette más popular tenía 60 minutos. Un disco rara vez tenía más de 50 minutos, con un promedio -en general- de 45. Y habitualmente sus caras no eran proporcionales.

En esos casos había dos opciones básicas:

Opción 1: Grabar un lado del disco en cada lado del cassette, desperdiciando una buena porción de cinta. La opción de los tibios.

Opción 2: Completar un lado del cassette, agregando al primer lado del disco dos o tres temas de la segunda cara.

Al momento de decidir entre estas dos opciones es necesario tener en claro algunos asuntos: para quién es el cassette, tiempo disponible para realizar la tarea, qué metamensaje se quiere transmitir, etc.

Si la grabación es para la chica a la que me he referido algunos párrafos más arriba, generalmente se utilizaba la Opción 2, aprovechando la cinta que quedaba libre para meter dos o tres temas extras, en los que uno expresaba veladamente sus intenciones para con la señorita. “Love of my life” de Queen era una opción directa y delicada. “Lick it up” de Kiss aparecía demasiado evidente, “Fuck like a beast” de Wasp era una torpeza, pero a pesar de lo desaconsejado, casi siempre caíamos en la tentación. La testosterona solía dificultar la estrategia.

Cuando el producto era para uno, la cosa era prolijita, cuidando de que no se corte el último tema de cada lado. Con los amigos la cosa era cambiante, dependiendo de cuestiones importantes como las ganas.

De cassette a cassette

Estaba llegando tarde. Entraba al colegio en el mismo momento en que comenzaba a sonar “Aurora”. Casi junto conmigo entró Pablo. Estaba agitado. Cuando la bandera promediaba su ascenso en el mástil, me susurró: “mi hermano se compró el cable”. Nos abrazamos gritando y nos pusieron media falta y cinco amonestaciones.

“El cable” era (es), precisamente, un cable de audio, con dos fichas (generalmente RCA) en cada extremo, que servía para unir dos radiograbadores, o un radiograbador y un centro musical, y de esta manera poder copiar cassettes. El doble cassettera es posterior.

Conclusiones

A esta altura de la ciencia y la tecnología, cuando la música ya no requiere ni siquiera soporte físico, tengo dudas que estas instrucciones te vayan a servir de mucho. Pero de todos modos fijate. Sacale la tierra a esos viejos TDK, llamá a tus amigos, preguntales qué long plays nuevos se compraron y júntense a grabarlos el próximo sábado a la tarde. Si tus viejos no están, compren una cerveza y una Fanta, pero eso sí: vayan a fumar al patio.

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