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Sobre comienzos literarios

Por Luis Eliseo Altamira

 

“Nací en Ucrania, en 1920 – contó Clarice Lispector en una de las pocas entrevistas que concedió cerca del final de su vida (decía que las evitaba porque, cuando empezaban a hacerle muchas preguntas complicadas, se sentía como aquel ciempiés que, intentando explicar cómo hacía para no confundir sus pies al caminar, terminó olvidando lo que sabía) -. En fuga, mis padres pararon en una aldea que ni aparece en el mapa, llamada Tchetchelnik, para que yo naciera, y vinieron al Brasil (más precisamente, a Maceió), adonde llegué con dos meses”.

Por decisión paterna, todos los Lispector se cambiaron de nombre (Clarice había sido inscripta como Haia Pinkhasovna). La familia se mudó luego a Recife, capital del estado de Pernambuco, donde la futura escritora aprendió a leer, transformándose al poco tiempo en una devoradora de libros (de los que, pensaba, eran como un árbol o como un bicho: algo que nacía: “No sabía que había un autor detrás de todo. Luego descubrí que era así y dije: ´Yo también quiero`”).

Clarice Lispector, la ucraniana que adoptó Brasil.

William Faulkner tenía 24 años y vivía en Nueva Orleans trabajando lo apenas indispensable (“El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo”, diría años más tarde). Todo lo que quería por entonces era un lugar para dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. La vida en aquella ciudad era barata y William procuraba realizar trabajos de tres, cuatro días, que le permitieran holgazanear el resto del mes: manejar lanchas, pintar casas, pilotear aviones. Fue entonces que conoció a Sherwood Anderson.

“Por las tardes –contó Faulkner- solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro”.

“En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida -prosigue William -. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: ´¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?`. Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: ´Dios mío`, y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: ´Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro`. Yo le dije: ´Trato hecho`, y así fue como me hice escritor”.

William Faulkner, el hombre que encontró la forma de vivir trabajando poco.

Jorge Guillermo Borges, el padre de Jorge Luis, era abogado y docente en escuelas secundarias, además de escritor. “Yo me he educado menos en colegios y universidades que en su biblioteca. Podría decir como Bernard Shaw: ´Mi educación fue interrumpida por mi formación escolar`”, dijo alguna vez Georgie, quién comenzó a escribir a los seis años tratando de imitar a los clásicos españoles. Jorge Guillermo nunca interfirió. Cierta vez que le pidió que lo corrigiera, le dijo: “Debés aprender de tus propios errores”. Cuando al padre le sobrevino la ceguera (siendo Jorge Luis todavía un niño), se comenzó a considerar “de manera tácita, que yo cumpliría el destino literario que las circunstancias habían negado a mi padre”.

De constitución más bien débil y miope, el Borges adolescente no tardó en caer en cuenta que nunca sería soldado, como lo habían sido buena parte de sus antepasados más próximos. “Desde muy joven me avergonzó ser una persona destinada a los libros y no a la vida de acción. Durante toda la juventud pensé que el hecho de ser amado por mi familia equivalía a una injusticia. (…) A los treinta años logré superar esta sensación”.

Borges sintió de joven que no debía ser escritor, sino un hombre de acción.

El padre de Gustave Flaubert, jefe de los cirujanos del hospital de Ruan, era un hombre severo; la madre, descendiente de familias tradicionalmente encumbradas de la Normandía, una mujer poco afectiva; el hermano mayor, un niño modelo. No son de extrañar, entonces, las dificultades que Gustave padecería durante la niñez para dilucidar las relaciones existentes entre las palabras y su escritura (aprender a leer y escribir, bah), lo que lo llevó a ser considerado algo así como el idiota de la familia. (Madame Bovary será -según Jean Paul Sartre- la victoria de Flaubert sobre esta consideración).

Gustave Flaubert, para sus íntimos, “el idiota de la familia”.

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