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Tímidos para el esfuerzo

Por Luis Eliseo Altamira

Son los que, coherentes con su desafección por el trabajo, prefieren cargar con el estigma social de vago o lumpen, a poner el lomo. El Che Guevara los aborrecía; la mayoría de nosotros, en cambio (reconozcámoslo), los envidiamos un poco.

Sumamente puntual, con gran disciplina y exigencia en el trabajo, el Che trabajaba en la función pública, en Cuba, de 16 a 20 horas diarias. Ya en noviembre de 1959, a nueve meses del triunfo revolucionario, había inaugurado las jornadas de trabajo voluntario con el propósito de promover (mediante el ejemplo personal) una actitud social más desinteresada desde el punto de vista material frente al trabajo.

No es de sorprender, entonces, que aborreciera a todo aquel que, coherente con su (humana) desafección por poner el lomo (te tienen que pagar para que lo hagas, recuerdo), opta, como dijimos, por cargar con el estigma social de vago. En la campaña en Bolivia, Guevara calificaba el desempeño de los guerrilleros en una libreta; lo hacía escrupulosamente, cada tres meses, tomando como referencia la fecha de incorporación de cada quién al grupo armado. Esto fue lo primero que escribió sobre Eusebio Tapia, un campesino aymara, militante del Partido Comunista Boliviano: “21/4/67 – tres meses – Pésimo. Resultó vago, mentiroso y ladrón. Quiere irse y nosotros lo expulsaremos, pero su salida está condicionada a su buena conducta”.

El Che predicó siempre con el ejemplo y fue duro a la hora de hablar de los vagos.

Con David Adriázola Beizada (alias Darío), militante del Partido Comunista Marxista Leninista, fue furibundo: “14/3/67 – 3 meses – Muy Malo. Parece ser un retrasado mental, pero además pertenece al lumpen proletariado. Su destino es ser fusilado o destinado a tareas de retaguardia. No se podrá sacar un revolucionario de él”. (Darío, empero, sería uno de los tres guerrilleros bolivianos que, tras la muerte del Che, conseguiría sortear el cerco del ejército).

En la guerrilla del Che en Bolivia, había de todo.

En la vereda opuesta a la de la intolerancia del revolucionario, podríamos situar, por ejemplo, a Salvador Dalí, quien, en su libro “Vida Secreta”, dedica algunas páginas a un tal Ramón de la Hermosa, un vago consuetudinario de un pueblo del mar Mediterráneo (Port Lligat), dónde vivía el pintor a principios de los años ´30. Ramón paraba en el bar del casino, dónde podías encontrarlo siempre muy bien vestido, saboreando su café, su cigarro y su vaso de aguardiente. “Sabiendo que era incapaz de ganarse el sustento, los caballeros le daban su ropa usada y unos céntimos con los que vivía en el milagro de cada instante”, nos aclara Dalí.

Dalí se mostró siempre tolerante con los vagos y la vagancia.

El ayuntamiento de Port Lligat le había permitido ocupar una casa abandonada. “Cada día –prosigue el pintor–, cuando venía a sonsacarnos algunas de las sobras de la cocina, le preguntaba: ´¿Cómo van las cosas, Ramón?`. ´Muy mal´ señor Salvador, repetía invariablemente. ´¡Cada vez peor!´. Después de lo cual dejaba escapar una sonrisita taimada que se escurría bajo el bigote”.

Ramón, quién gustaba de repetir la frase “¡Hay años en los que uno no tiene ganas de hacer nada!”, solía recordar a menudo un viaje de tres días, en el que había tenido el “honor” de llevar el maletín de un campeón de billar. “Decía las cosas menos interesantes del mundo – recuerda Dalí – con una minuciosidad y un tono épico digno de la Ilíada. Después de las tensas y agotadoras conversaciones de París, donde pululaban el doble sentido, la malicia y la diplomacia, las conversaciones con Ramón inducían una serenidad del alma y conseguían una elevación del aburrido anecdotismo, que eran incomparables”.

Manuel Castilla tiene definiciones incomparables al hablar de la vagancia.

Por desgracia, el far niente no es eterno ni siempre dulce. Para ello, habría que prescindir de muchas de las necesidades básicas y poseer una indoblegable tranquilidad del espíritu: Pero, ¡qué lindo es extenderse y vagar  por el mundo que, de continuo, está manifestándose! Dice Manuel Castilla, en “El gozante”: “Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante. El que bajo las nubes se queda silencioso. Pienso: si alguno me tocara las manos se iría enloquecido de eternidad, húmedo de astros lilas, relucientes. En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho. A veces un lapacho me corona con flores blancas y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra. ¿A dónde irán mis ojos llenos de hojas? ¿Por dónde en ellos vagará el cielo yéndose? De cara al infinito siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo”.

En fin…

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