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Un temible operario del recontra espionaje

Un temible operario del recontra espionaje

Por Germán Tinti

 

Apenas iniciamos la lectura del resumen biográfico de William Samuel Stephenson podemos encontrar la primera impostura. Porque ese no era su apellido.

Nacido en Winnipeg, la ciudad más grande de la zona central de Canadá, séptima en importancia de aquel país, William Samuel Clouston Stanger era hijo de inmigrantes. Su padre era oriundo de las Islas Orcadas (Reino Unido) y su madre islandesa.

Si bien no brilló en la escuela, puede deducirse que era el típico mal alumno que siempre encuentra la forma de caer bien parado. Ok, no hay bibliografía que respalde esta afirmación, pero su vida justifica ampliamente la suposición.

En 1916, con apenas 19 años, se alistó en el Ejercito Canadiense y marchó a Europa, a combatir en la Primera Guerra Mundial. Rápidamente fue ascendido a Sargento, condecorado por combatir en las trincheras antes de cumplir 20 años y licenciado temporalmente por haber sufrido las consecuencias de los gases tóxicos que se utilizaban antes de la firma de la Convención de Ginebra (después también se usan, pero ese es otro cantar). Todo eso en menos de un año (yo a esa edad había armado una pista Scalectrix con algunos amigos y así sobrellevamos un largo paro docente que echó por tierra mi carrera de Ingeniero Agrónomo).

El inconveniente de los gases no amedrentó a William, que aprovechó la baja temporal para aprender a pilotar aviones y conseguir que en 1917 lo transfieran a los Cuerpos Aéreos Reales Británicos, asignado al Escuadrón 73, en el que vuela con un biplano de combate Sopwith Camel, con el que consigue 12 victorias en batallas aéreas (bajó a Lothar von Richthofen, hermano menor del famoso Baron Rojo), antes de ser derribado y hecho prisionero por los alemanes el 28 de julio de 1918.

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Este personaje participó activamente en las dos guerras mundiales.

Al final de la primera gran guerra, Stephenson había alcanzado el grado de Capitán y en su pecho brillaban dos condecoraciones más: la Cruz al Vuelo Distinguido y la Cruz Militar.

«Este oficial ha mostrado una enorme valentía y habilidad en el ataque a tropas y transportes enemigos desde bajas altitudes, causando cuantiosos daños. Sus informes, además, han contenido valiosa y precisa información. Se ha mostrado como un fuerte rival en el aire, teniendo, durante operaciones recientes, contabilizados seis aeroplanos enemigos» publicó The London Gazette, el diario más antiguo del Reino Unido, al serle concedida la Cruz al Vuelo Distinguido.

Después de la guerra, Stephenson volvió a su Winnipeg natal y estableció un negocio de equipamiento con su amigo Wilf Russell, pero fracasó rápidamente. Por ese motivo, William regresa a Inglaterra donde se convierte en un rico empresario y hombre de negocios con contactos comerciales en muchos países. En 1924 se casó con la heredera del tabaco, Mary French Simmons, de Springfield, Tennessee.

Las cosas se encaminaban para Stephenson (o mejor dicho Clouston Stanger).

Desde esta posición, el héroe de la Primera Guerra se convierte en confidente del miembro del Parlamento Británico Winston Churchill, a quien le proporcionó detallada información de cómo el gobierno nazi de Adolf Hitler estaba fortaleciendo sus fuerzas armadas y ocultando gastos militares que ascendían a 8 millones de libras esterlinas. Esto era una clara violación de los términos del Tratado de Versalles y mostró el crecimiento de la amenaza nazi hacia la seguridad europea e internacional; Churchill utilizó la información de Stephenson en el Parlamento para advertir contra las políticas de apaciguamiento del gobierno de Neville Chamberlain.

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Fue clave para el plan de Churchill de involucrar a Estados Unidos en la guerra.

Tras el comienzo de la Segunda Guerra Mundial (y a pesar de las objeciones del director de la Inteligencia británica, Sir Stewart Menzies) el ahora Primer Ministro Winston Churchill envió a Stephenson a los Estados Unidos para que se estableciera de forma encubierta y dirigiera la Coordinación de Seguridad Británica (BSC por sus siglas en inglés) en la ciudad de Nueva York, cerca de un año antes de que los Estados Unidos entraran en guerra.

Wiston Churchill supo rápidamente que para ganar la guerra necesitaba que Estados Unidos se involucre. No confiaba en Stalin y estaba convencido que con las débiles fuerzas francesas no podría llegar muy lejos. Por su parte, Franklin Delano Roosvelt estaba convencido de que la guerra era un problema de Europa que debía resolverse entre europeos. Podría llegar a brindar algún apoyo económico o enviar algunas tropas, pero de ninguna manera jugar ningún rol protagónico en la contienda.

Ante este panorama, una de las principales misiones de Stephenson en Estados Unidos era «disponer a la opinión pública americana a favor de ayudar a Gran Bretaña». Más tarde estas órdenes se ampliaron para incluir «asegurar la participación americana en actividades secretas alrededor del mundo colaborando de la forma más estrecha posible con los británicos». Su misión no oficial era crear una red de inteligencia británica secreta a través del hemisferio occidental, y operar de forma encubierta y muy amplia en nombre del gobierno británico y los Aliados para ganar la guerra. También se convirtió en el representante personal de Churchill ante el Presidente de los Estados Unidos.

En esa función, Stephenson se ganó la confianza del mandatario norteamericano y comenzó a influir en su postura ante la guerra, mucho antes de que los japoneses terminaran de convencerlo.

Pero es a mediados de 1941 cuando el delegado de Churchill consigue el argumento definitivo: Un mapa.

El asunto fue así: la red creada por Stephenson ya se encontraba operativa en todo occidente. En ese contexto, un simple accidente automovilístico ocurrido en la remota Buenos Aires le permitió a uno de los espías hacerse de un sobre que estaba en el coche siniestrado antes de que llegara la policía. El agente norteamericano estaba vigilando al conductor del automóvil porque se sospechaba que era un agente nazi. Sin revisar su contenido, el sobre fue remitido inmediatamente a Nueva York. Al abrirlo se dieron con un mapa que era toda una revelación.

Se trataba de un mapa de Sud América que a simple vista parecía mal confeccionado, señalando algunos puntos estratégicos, especialmente referidos a lugares de producción y acumulación de combustibles. Pero la inscripción GEHEIM («secreto» en alemán) daba cuenta de que no había errores en los límites y en los nombres de los países. Era la versión gráfica de lo que Adolf Hitler planeaba para estas tierras del hemisferio sur.

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El supuesto plan nazi para la nueva Sudamérica.

Solamente quedaban cinco países: Argentina (que absorbía parte de Bolivia, Uruguay y Paraguay, pero perdía Misiones), Brasil (que incorporaba partes de Perú, Colombia y Venezuela), Chile (que seguía más alta que ancha, pero tomaba lo que quedaba de Perú y Ecuador, pero le daba a Bolivia una salida al mar), Nueva España (un mix de Colombia, Panamá y Venezuela) y Guyana (que anexaba a Surinam y Guyana Francesa).

El mensaje era claro: Hitler decía que iban por todo. Roosvelt se convence (y así lo expresa en un mensaje radial) que los nazis planeaban un nuevo orden mundial y era necesario evitarlo. Estados Unidos estaba adentro de la Segunda Guerra, aún meses antes de Pearl Harbor. De hecho, Roosvelt y Churchill se reunieron en secreto el 14 de agosto de 1941 a bordo del USS Augusta, ocasión en la que firmaron un acuerdo en el que –entre otras cosas– afirmaba que «ambos países se comprometen a apoyar la restauración de los autogobiernos de todos los países ocupados durante la guerra y permitir que todos los pueblos elijan su propia forma de gobierno». Más claro, echale agua.

Esta oscura y tenebrosa trama tiene un solo detalle: toda la historia es falsa. Stephenson fraguó el famoso mapa para cumplir su misión de meter a los yanquis en la guerra

Quizás esta haya sido la obra cumbre del espía canadiense a las órdenes de su Majestad Británica. Su biografía lo revela como un maestro del engaño. Muchos lo consideran el fundador del espionaje que primó durante las décadas siguientes, en los tiempos de la guerra fría.

Uno de sus subordinados, una vez alejado del mundo de los servicios de inteligencia, se dedicó a la literatura, y el recuerdo de su antiguo jefe fue la argamasa para crear a su icónico personaje: James Bond. Ese subalterno era –claro está– un tal Ian Fleming.

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